Madrid y sus fincas rústicas.

La situación de las fincas madrileñas a finales del antiguo régimen.

Antes incluso de que los jacobinos tomaran el control de la Revolución francesa y se iniciara así una etapa marcada por el terror, los representantes del Tercer Estado acuñaron el término Antiguo Régimen para referirse a la situación social, política y económica imperante en Europa.

En el caso de España, esto estaba relacionado fundamentalmente con la cuestión de la propiedad de las fincas.

En el Madrid de finales del s. XVIII, la propiedad de la tierra de los alrededores de la capital seguía en manos de unas pocas familias nobiliarias y de unas cuantas órdenes religiosas.

Esta situación, que hundía sus raíces en los primeros compases de la Edad Moderna, conllevaba que la práctica totalidad de campesinos y trabajadores agrarios tuvieran que hacer frente al pago de onerosos tributos.

No en vano, a los impuestos requeridos por la Corona se le sumaban diezmos y demás "cuotas" fijadas por los propietarios de las fincas agrícolas.

Aunque esta cifra descendía significativamente en el caso de las fincas madrileñas, se calcula que en torno al 80% de la población española se dedicaba a tareas relacionadas con la agricultura o la ganadería. Frente a esta realidad, solo había un 4% de nobles (que se habían reducido prácticamente a la mitad desde el s. XV) y un 1% de miembros del clero (dentro de este colectivo las diferencias eran notables).

Tras las penurias de mediados del s. XVII, el número de trabajadores de las fincas agrícolas madrileñas estaban aumentando a un ritmo considerable durante el s. XVIII, lo que, inicialmente, era bien visto por las élites.

Sin embargo, la consolidación de este aumento demográfico supuso la necesidad de proveerse de mayores recursos para garantizar el orden en las tierras. Paralelamente, algunos ministros de Carlos III y Carlos IV habían comenzado a atacar los fundamentos del sistema señorial, los privilegios, y habían promovido los primeros intentos de desamortización (afectando mayormente a la Iglesia).

Aunque la presión eclesiástica lograría reducir el alcance de estas tibias reformas, era evidente que la privilegiada situación de los propietarios de fincas en Madrid y en cualquier otra parte de España comenzaba a erosionarse tras siglos de dominio.

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