Fincas en Castilla. Silos y graneros, una aproximación histórica

La Revolución Neolítica, y con ella la progresiva difusión de la agricultura a lo largo y ancho del planeta, generó una necesidad casi inmediata, la de almacenar la totalidad o parte de la producción.

El caso de Castilla (como región histórica) es uno de los que nos permiten observar mejor la evolución de silos, graneros y demás depósitos.

La primera gran oleada de almacenes de grano en las fincas castellanas se remonta a la época de la Roma Imperial. Las distintas tribus íberas también poseyeron en desigual medida depósitos para conservar cosechas, pero serían los romanos quienes optarían por diseños más homogéneos y duraderos.

El tipo de estructura más habitual sería el hórreo, que llegó incluso a contar con una legislación específica dentro del Derecho Romano, que nos habla de horrea publica para referirse a la red de graneros que abastecían las ciudades. Su presencia en Castilla fue, no obstante, poco significativa.

Esta situación cambiaría notablemente durante la Edad Media. Tanto en las zonas bajo dominación islámica como en los reinos peninsulares los graneros y silos crecerían en número en consonancia con el repunte demográfico, más acusado a partir del s. X y, sobre todo, durante el s. XIII. En Castilla, el sistema de repoblación basado en los concejos iba a conferir a los silos una gran importancia para garantizar el suministro a núcleos como Toledo o las principales ciudades del norte (Valladolid, Medina del Campo, León...).

Las fincas irían ganando en productividad muy poco a poco y ello también alentaría la construcción de silos.

No obstante, en el s. XIV se produce un bache en esta tendencia al combinarse las malas cosechas con distintas epidemias (singularmente, la peste negra) y con varios enfrentamientos bélicos en el seno de la Corona castellana.

Ya en la época moderna, se llevará a cabo la mayor construcción de graneros en Castilla hasta la fecha bajo la denominación de pósitos, que contarán con distintas normativas específicas.

A las labores de conservación del grano, estos centros de almacenamiento añadían tareas de financiación rural e incluso de caridad. Al final del periodo, se contabilizaban cerca de 6.000 pósitos en la península.

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