Badajoz, tierra de dehesas.

Las dehesas han llegado hasta nuestros días como una manera de sacar mayor provecho de tierras a priori poco productivas y sin demasiados recursos cinegéticos. No obstante, la evolución histórica de estas fincas tan características de zonas como Extremadura no ha sido precisamente uniforme. La provincia de Badajoz ha sido testigo de todo este proceso.

Badajoz es la provincia con la mayor extensión territorial de España. Una peculiaridad que se traduce en múltiples territorios para explotar desde el punto de vista de economía ganadera. Ya tiempos del Reino Visigodo de Toledo se ponderaba debidamente la importancia de la región extremeña para la trashumancia y el pastoreo, no así la agricultura porque se consideraba que el suelo era muy pobre exceptuando las zonas fluviales como el Valle del Guadiana. En cualquier caso, la posibilidad de delimitar el marco físico y de transformarlo según las necesidades productivas de cada momento no se daría hasta, como mínimo, la conquista cristiana.

Con anterioridad a la llegada de las tropas castellanas, la dehesa no era un tipo de finca demasiado arraigado en la tradición agropecuaria de Al-Ándalus. Quizá este hecho se deba a la ausencia de grandes propiedades terratenientes análogas a las de gran parte de la península cristiana. Sin un señor alentando la optimización de recursos en los campos no había necesidad de buscar alternativas a la agricultura de regadío que sí se daba en los márgenes del Guadiana. La castellanización de Extremadura daría entrada a los Concejos de Realengo, a las propiedades eclesiásticas y a los señoríos. Es entonces cuando las dehesas empiezan a adoptar su actual fisionomía y utilidad.

La normativa legal que permitiría el acotamiento y posible cercado de las fincas no tardaría en llegar, originando espacios conocidos como defendere, término del que posiblemente haya evolucionado la palabra dehesa. Pastizales y demás tierras poco aptas para el cultivo pasarán a vallarse y servir como grandes establos para el ganado. Las piaras y demás granjas porcinas adquirirían rápidamente un estatus privilegiado, lo que alentaba igualmente la producción de bellotas, un fruto poco aprovechado hasta la fecha y que sí que podía cultivarse sin problemas en Badajoz.

 

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