Las casas señoriales durante el barroco.

Tras casi doscientos años de sistemática reproducción del arte clásico en la arquitectura civil y religiosa, la irrupción del Barroco en el s. XVII dio paso a una nueva manera de entender la organización del espacio y la propia finalidad de los edificios. Rápidamente, algunas de las principales ciudades de Europa comenzaron a llenarse de palacios y casas señoriales que seguían el esquema barroco.

En aquellos países más influidos por el pensamiento humanista el Barroco alcanzó un menor grado de difusión en su plasmación arquitectónica (no así en la pintura, que fue muy importante en la mayoría de naciones). En España además, las penurias económicas derivadas de las numerosas empresas militares emprendidas por los Austria iban a restringir la inversión pública en este nuevo estilo. De este modo, la influencia del Barroco en la arquitectura civil se reduciría a meras modificaciones de fachadas (con la inclusión de una mayor carga ornamental) y a la rehabilitación de algunas iglesias. Curiosamente, su exportación a la América española sí que resultaría exitosa.

Sin embargo, la arquitectura privada sí que abrazaría con mayor intensidad los nuevos cánones barrocos. Prontamente, Francia se convertiría en el epicentro de este estilo artístico, impulsado desde la cúspide del Estado por los distintos reyes del s. XVII (principalmente, Luis XIV). De entrada, las fachadas de las nuevas viviendas se llenarían de elementos decorativos. Esta suntuosidad derivaría en una competición entre la nobleza urbana para comprobar qué familia poseía no solo más riqueza sino también mayor gusto para la decoración. Los palacios más voluminosos desarrollarían una disposición en forma de "C" invertida, con la entrada principal ligeramente retrasada respecto a las alas laterales.

En Italia, las casas señoriales de las ciudades experimentaron un desplazamiento del su eje de simetría, que pasaba al centro del edificio para favorecer la conexión radial de la vivienda. Frente a los estilos constructivos anteriores, que se configuraron pensando en los edificios públicos y no en los privados, el Barroco se revelaría como una corriente que promovía las construcciones residenciales. Los interiores de estas viviendas no tardarían en llenarse de pinturas, bordados y tapices de vivos colores. Una revolución interiorista en toda regla.
 

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