La tradición de los cortijos en Málaga.

La herencia islámica de Andalucía constituye uno de los legados culturales más importantes de cuantos se conservan en España (especialmente en su zona más oriental). En el caso de la actual provincia de Málaga, la dominación musulmana supuso la puesta en funcionamiento de unas nuevas fincas agrícolas: los cortijos.

A pesar de que no exista un criterio unánime entre los historiadores del periodo, la teoría mayoritaria asegura que el término cortijo es el resultado de la adecuación del vocablo latino cohorticula a la lengua castellana. Este concepto se usaría para definir al sistema de asentamiento consistente un patio central rodeado por varios edificios. Un tipo de propiedad que combinaba la residencia con la actividad económica y que sería cultivada (nunca mejor dicho) durante el periodo de Al-Ándalus. Precisamente, la diferente concepción de la explotación agraria de los musulmanes impulsaría repartos de tierra entre comunidades o familias, y no entre señores como en gran parte de la Cristiandad.

Esta división del suelo por motivos sociales se traduciría, en el caso de Málaga y otras provincias como Sevilla o Almería, en una fuerte atomización de la propiedad rural. No en vano, la mayor densidad demográfica de esta zona (en comparación con áreas más despobladas en Jaén o Huelva) propició fincas pequeñas pero bastante productivas. Un ejemplo bastante ilustrativo de este proceso lo encontramos en el Vélez del s. XIII, cuando la ciudad principal estaba literalmente rodeadas por comunidades agrarias que podían contar incluso con casas señoriales, aunque no era muy habitual.

La proliferación de alquerías obedecía, como ya hemos visto, a criterios tanto económicos como sociológicos. A decir verdad, en estos pequeños núcleos poblacionales primaba muchas veces el aspecto familiar sobre el productivo, una cuestión que sería notablemente revisada tras la conquista cristiana (que en el caso de Málaga acaeció en 1487). Poco a poco, las alquerías irán profesionalizándose, dando lugar a silos, viviendas para los trabajadores y capataces y grandes casas señoriales para los propietarios. Un proceso gradual que alcanzaría su cenit en el s. XVIII, momento en el cual los lazos familiares se reducían al hogar del señor. Es a partir de entonces cuando puede hablarse propiamente de cortijos.
 

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