Barcelona y sus edificios modernistas.

El Modernismo en Catalunya. 

El denominado Modernismo, nacido en Europa en el último tramo del sigo XIX, se inicia como una respuesta de oposición a otros estilos artísticos como el Naturalismo o el Realismo buscando la aportación de una actualización estética más acorde con la nueva sociedad del momento.

Se trata, por tanto, de una fuerte corriente cargada de nuevos gustos estéticos que afecta a todos los ámbitos de la cultura, tanto en lo referente al arte como al pensamiento.

Así, durante el final del siglo XIX y principios del XX, esta nueva fórmula se extiende por Europa adoptando distintos nombres y llega a convertirse en un referente en algunas zonas como Cataluña.

En este ámbito geográfico el Modernismo cuenta con características particulares que lo hacen único y aporta un fuerte carácter al entorno catalán que aún hoy se conserva como elemento fundamental de la idiosincrasia catalana.

Con una especial presencia en la arquitectura, el Modernismo catalán se presenta indudablemente como un estilo burgués de carácter urbano que marca tendencia en su momento de máximo desarrollo dando lugar a numerosas propiedades singulares que aún se conservan.

Barcelona se convirtió en el centro neurálgico del Modernismo durante el periodo de 50 años en el cual se desarrolló este movimiento cultural aproximadamente entre 1880 y 1930.

Así, la ciudad enriqueció notablemente su urbanismo con una arquitectura única de personalidad propia y gran singularidad que hoy es fácil descubrir en numerosos edificios históricos.

Con formas orgánicas, inspiración en la naturaleza, elementos decorativos vegetales y un fuerte carácter envolvente, esta arquitectura está marcada por la curva y sinuosidad de sus líneas, así como por la estilización de sus formas.

La estética de los edificios históricos modernistas se aleja de los dogmas académicos para buscar un estilo propio de gran fuerza individual que busca el atractivo de la delicadeza ornamental, así como a la aparente espontaneidad formal que asocia las líneas compositivas a la naturaleza más literaria y a la imaginación creativa de los arquitectos, artistas y diseñadores.

Las propiedades singulares modernistas se distinguen con facilidad gracias a sus materiales tradicionales como la forja, el ladrillo o la rejería que, en pleno desarrollo industrial, habían caído en el desuso.

Aportando esa naturalidad y esa libertad tanto formal como estética, los creadores de este nuevo estilo no se cierran a la belleza tradicional de estos materiales de enorme calidad para potenciar el despertar de los sentidos y añadir un toque de personalidad a sus construcciones.

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