Las fincas rurales del mítico Tartessos

A caballo entre el mito y la realidad, la civilización de Tartessos sigue fascinando a arqueólogos e historiadores por su elevada complejidad y misteriosa desaparición. Uno de los sesgos más distintivos de los pueblos tartésicos (Cádiz, Sevilla y Huelva) fue el desarrollo económico, aspecto en el que convergían nuevas formas de explotar las fincas.

La riqueza y esplendor de Tartessos está recogida incluso en la Biblia, argumento más que de peso para seguir indagando los restos de la mayor construcción política de la Península Ibérica antes de la romanización. Lógicamente, apuntalar la gran estructura creada en torno al ejército, la monarquía y el comercio, exigía una importante base productiva. En este sentido, los campos de cereales se multiplicaron por el suroeste andaluz sirviéndose de las aportaciones tecnológicas de otros pueblos con vocación comercial (fenicios y griegos, mayormente). En cualquier caso, resulta muy difícil cuantificar el peso de la exportación cerealista en la economía tartésica.

Mucho antes de que Andalucía se poblara de cortijos, los habitantes de Tartessos desarrollaron un sistema de explotación agrícola en el que los nobles tenían amplias competencias sobre los agricultores. No obstante, este dominio se reducía en la mayoría de casos al ámbito laboral, ya que la autoridad de los reyes era tal que ni la propia aristocracia podía condicionar en exceso la vida de la población. Cabe destacar que ya entonces el prestigio de los grandes linajes nobiliarios estaba vinculado con los servicios militares prestados al rey, aspecto que puede observarse en los lujosos ajuares funerarios de esta élite (que poseía casas señoriales de gran tamaño).

Las fincas rurales tartésicas también fueron empleadas para la ganadería, si bien este aspecto concreto de su economía nunca tuvo un peso excesivamente importante. Sí que lo tenía la extracción de minerales y metales preciosos, relativamente abundantes durante el periodo y fuente de la riqueza de muchos propietarios de casas señoriales. El oro, la plata y el estaño constituían las piezas más codiciadas, siendo las dos primeras empleadas con fines suntuosos y decorativos mientras que el estaño servía para conseguir aleaciones (bronce). Por supuesto, el sistema de poblamiento rural poco tenía que ver con el de las alquerías y cortijos.

 

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