La evolución de las fincas agrícolas en Girona en la alta edad media

El norte de Cataluña constituye una extensión territorial y cultural verdaderamente única en toda España. Una singularidad que hunde sus raíces en los intensos siglos que siguieron a la conquista musulmana de la península, cuando esta zona concreta se vio por momentos sometida al control del Imperio carolingio. Un dominio fugaz pero que cambiaría para siempre la gestión de las fincas agrícolas.

Conocida como Marca Hispánica, el control carolingio del norte catalán comenzó en Girona en el 785 cuando esta ciudad se levantó contra la dominación musulmana. De este modo, comenzaba la andadura histórica del primer condado catalán, el de Girona, que rápidamente adoptaría un sistema administrativo similar al de los francos. Entre otros rasgos únicos en ese momento en la península, el condado de Girona supuso la concentración de la mayoría de tierras en manos de un solo señor, dando origen así al latifundismo altomedieval o manso, una propiedad típicamente catalana.

A pesar de que no se conozca la fecha exacta de este episodio, en algún momento a finales del s. IX el condado de Girona sufrió la escisión de Besalú, que también adoptaría el mismo patrón de gestión de las fincas rusticas. Además de su gran tamaño, los mansos supusieron un considerable endurecimiento de las condiciones de trabajo y vida de los campesinos. Aun con el estatus de hombres libres, estos hombres debían soportar un férreo control por parte de su señor que en la práctica se traducía en una situación de semiesclavitud, un aspecto que iría suavizándose con el tiempo.

Otro condado que fue formándose y manteniendo el mismo tipo de fincas rusticas que Girona sería el de Osona, anterior incluso al de Besalú y con Vic como principal núcleo urbano. Progresivamente, el tamaño de las fincas agricolas fue reduciéndose, adquiriendo un tamaño medio que en cualquier caso seguía siendo bastante superior a lo habitual en Al-Ándalus. Además, los payeses (campesinos catalanes) podían liberarse de la tutela señorial abonando la remensa, un pago que les convertía en propietarios de tierras. A medida que se extendió esta práctica las parcelas siguieron reduciendo su tamaño y los señores mejoraron la situación de los campesinos que permanecían a su cargo.
 

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